“Parásitos”, o de cuando te engañan como a «chinos»

Elisabet Mejuto
Elisabet Mejuto

Título original: Gisaengchung (Parasite)

Dirigida por: Bon Joon-ho

Duración: 132: min

Nacionalidad: Corea del Sur

Sinopsis: Toda la familia de Ki-taek está en el paro y se interesa mucho por el tren de vida de la riquísima familia Park. Un día, su hijo logra que le recomienden para dar clases particulares de inglés en casa de los Park. Es el comienzo de un engranaje incontrolable, del cual nadie saldrá realmente indemne.

La dicotomía Coreana de Bon Joon-ho

Nominada a seis Premios Oscar (incluida mejor película) y con una Palma de Oro en Cannes a mejor largometraje, Boon Joon-ho nos presenta dos Coreas, ricos y pobres, dos familias, dos historias y a priori nada en común.

La familia de los protagonistas, la de Ki-taek, (aunque luego veremos que el director tiene la capacidad de hacerte mutar de piel y cambiar el protagonista por antagonista en décimas de segundo); vive en un sótano en condiciones de vida infrahumanas. Hay escenas de la vida cotidiana de los Taek, donde puedes sentir el olor a suciedad, el polvo y la mugre traspasan la pantalla, se huele la humedad, el olor de la comida, e incluso se menciona el olor corporal de la Corea más desfavorecida. Sin embargo, es una familia unida.

Frente a esa fotografía el director busca la contraria. Y nos muestra la riqueza, el orden, la limpieza, los modales, los límites… La bien entendida “perfección” social de una familia con dos hijos (uno de ellos con un pequeño trauma sin resolver), los Park. Es una familia donde la figura de cada uno de los personajes, parece vacía de sentimientos. Su posición económica, permite a los Park contratar a una familia entera, miembro a miembro y ¡qué casualidad! son la otra familia. El juego empieza cuando los Taek oculta su condición de familia. Es en ese punto de la historia donde se teje la trama.

Es el momento donde irrumpe la creatividad, el humor, la estrategia, la preparación y la “parasitación”. Son esas escenas donde el título de la película, cobra vida. Es ahí, donde Bon Joon-ho nos hace cambiar la piel y el foco, nos lleva de la culpa al merecimiento. Genera compasión hacia los ricos pero al mismo tiempo la culpabilidad de “pero si estos pobres hacen lo que pueden para sobrevivir, ¿cómo que pobres ricos?” o la broma fácil de “los están engañando como a chinos”. Y el cerebro te da la vuelta.

Angustia, sorpresa, asco y un final apoteósico donde la naturaleza y una inundación más concretamente entra como estabilizadora de los flujos, desenlaza en un cierre aún más imprevisto. Una obra maestra que no deja indiferente a nadie.

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