Festivales de música, mina de oro del Big Data

Cada asistente es monitorizado sabiendo sus hábitos de consumo, por dónde se mueve y sus preferencias

Seguramente este verano hayas acudido a algún que otro festival de música como el Primavera Sound, Mad Cool, Cruïlla, BBK, Sònar, Arenal, FIB…etc. Algo que ya es muy característico de todos ellos es la pulserita que te acredita a entrar y disfrutar del recinto y las actuaciones.

Desde hace unos años, dicha pulsera ha pasado de ser un trozo de tela o plástico a ser un dispositivo NFC/RFID. Es decir, que cada asistente lleva en su muñeca un chip con tecnología de identificación por radiofrecuencia (RFID, radio frequency identification). Esto se suma a las apps móviles de los festivales donde puedes vincular tu cuenta y montar el planning del día, recargar la pulsera, informarte de horarios y actuaciones y obtener información extra.

Comodidad para el usuario, ¿a cambio de qué?

La principal ventaja que ofrece al usuario este tipo de pulsera NFC/RFID es la función cashless. Al adquirir la entrada, los asistentes asocian la pulsera a una cuenta corriente y pueden pagar en todo el recinto simplemente acercando su muñeca al datáfono. También permite agilizar la entrada y salida al recinto o subrecintos que puedan haber y que requieran un control de aforo. Las entradas impresas son cosa del pasado u objeto de recuerdo y las carteras mejor dejarlas en casa. Pero, más allá de la comodidad para el cliente, está la verdadera mina de oro: el Big Data que transmiten esas pulseras y cómo lo usan las empresas.

Monitorización y estudio del comportamiento

Para los organizadores de los festivales y las empresas que participan en ellos, este tipo de dispositivos son una enorme y valiosa fuente de información. En primer lugar, permite un sistema de control de aforo altamente eficaz; en segundo, facilita el pago e incentiva a los usuarios a comprar más. Según datos de empresas del sector como Glownet o Front Gate Tickets indican que el uso de este sistema de pago cashless puede comportar que los usuarios gasten un 15 % más.

Xavier Vilajosana, Catedrático de los Estudios de Informática, Multimedia y Telecomunicación de la UOC, explica el funcionamiento de estas pulseras: «Contienen una especie de etiqueta, que integra un chip con un identificador único y una pequeña antena. No necesitan batería para funcionar, ya que cuando un lector les envía una onda electromagnética, la etiqueta la capta y la onda se transforma en energía. Entonces el chip, por medio de la antena, envía la información del identificador único al lector».

Gracias a los datos de registro, los emitidos por la pulsera y los que pueda recabar la app, las empresas pueden llegar a hacer un perfil muy completo del cliente. Edad, residencia, qué le gusta beber, por qué stands ha pasado, qué ha comido, a qué artistas ha visto, si iba en grupo o solo…etc.  Así como también puede hacer un histórico de sus anteriores asistencias al festival y ofrecerle información que le pueda interesar, recordarle que compre las entradas cuando se acerque la fecha, premiarle con descuentos o tener algún detalle si el evento coincide con su cumpleaños.

Control o servicio personalizado

No nos pongamos tampoco paranoicos, al menos ya no a estas alturas, cuando andamos todos pegados al smartphone y acudimos a Alexa, Siri o Cortana para solucionar nuestros problemas. El Big Data también se puede usar para hacer el bien, estas pulseras pueden permitir localizar a alguien que se extravíe y saber si sigue en el recinto. O si se encontrara a alguien solo, muy indispuesto, se podrían consultar sus datos de contacto para saber de quien se trata y con quien entró. Además, las empresas recalcan que los datos se usan para mejorar la experiencia del usuario y ofrecer un servicio más personalizado.

Su objetivo también es ir más allá, innovar, usando la realidad virtual, la inteligencia artificial y el 5G. En esta última edición del Cruïlla, por ejemplo, los asistentes podían vivir cómo era estar encima del escenario junto a sus ídolos durante un concierto, gracias a un set de realidad virtual. Además, se les animaba a participar en Redes Sociales con fotografías hechas en fotomatones que se subían automáticamente o se podían crear elaborados mosaicos durante los conciertos usando una app y la pantalla del móvil.

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