Vómitos, diarrea… ¡Horror!, ¿nos hemos intoxicado?

Celebraciones familiares, comilonas de empresa, cenas con los amigos… Y qué decir de las cañas, el vermut, las tapitas, los aperitivos, las raciones, los dulces… Las épocas navideñas son de las más propensas a excesos culinarios, dentro y fuera de casa. Quien más y quien menos ha sufrido en carne propia algún que otro empacho o indigestión por comer más de la cuenta. Pero, a veces, el problema no es de cantidad, sino de calidad y, aunque en nuestro país se aplican controles sanitarios, de vez en cuando, salta la liebre, y nos encontramos de lleno con una enfermedad de transmisión alimentaria.

Vamos a definir…

La Organización Mundial de Salud define las enfermedades de transmisión alimentaria como aquellas causadas por la ingestión de un alimento contaminado con microorganismos o sustancias químicas dañinas. Constituyen uno de los mayores problemas de Salud Pública en todos los países (especialmente, en los menos desarrollados). La diarrea o los vómitos son los síntomas más típicos de estas enfermedades pero no son los únicos, dependiendo de la gravedad, también pueden producir insuficiencia renal o hepática, trastornos cerebrales, artritis o, incluso, la muerte.

La causa más habitual de estas enfermedades es la contaminación del alimento. Esta contaminación puede producirse por un tratamiento incorrecto del alimento en alguna de las etapas de la cadena alimentaria: cocinado insuficiente, descongelación a temperatura ambiente, mala higiene del manipulador, contaminaciones cruzadas por mal diseño de la industria, malas prácticas de manipulación, etc.

Cuando aparecen dos o más casos de una de estas enfermedades asociados en el tiempo y en un lugar concreto es cuando se empieza a hablar de ‘brote’. Si existe una aparición repentina de varios casos de una enfermedad atribuible a los alimentos, los servicios oficiales de salud pública se ponen en marcha con rapidez, para investigar de donde proviene el problema y atajarlo antes de que se extienda más.

Hay que distinguir, además, entre infección alimentaria e intoxicación alimentaria. La infección se produce cuando la enfermedad es ocasionada por la ingestión de alimentos o agua contaminados por microorganismos vivos (microbios, gérmenes…). Estamos hablando, por ejemplo, de casos como la Salmonella, causada por una bacteria, u ocasionados por un parásito como el Anisakis.

Sin embargo, la intoxicación se produce al ingerir un aliento que contiene un compuesto tóxico: sustancia que puede proceder de productos de limpieza, medicamentos veterinarios, contaminaciones ambientales, o ser sintetizado en el alimento por una bacteria o un hongo (toxinas bacterianas y micotoxinas).

Ya tengo claro lo que es pero, si lo tengo, ¿qué hago?

Lo primero, claro está, es acudir a un centro sanitario para ser atendido y que te apliquen el tratamiento oportuno. Y si sospechas que los síntomas pueden estar causados por una enfermedad alimentaria, debes solicitar un informe en el centro que acredite que tu dolencia ha sido causada por una intoxicación o infección alimentaria.

Lo más importante si quieres presentar algún tipo de reclamación es demostrar la conexión entre los alimentos que has ingerido y los síntomas. Para ello, además del informe médico, debes disponer del ticket que demuestre que has adquirido o consumido esos alimentos que presumiblemente estaban en mal estado. La declaración de testigos también puede considerarse un punto a favor.

Y, para reclamar, tienes varias opciones. Si te has intoxicado fuera de casa (en un restaurante, bar, cafetería…), puedes optar por la vía Administrativa, a través de la oficina municipal de consumo (OMIC) o de la comunidad autónoma. La oficina puede iniciar un proceso de mediación o instar un arbitraje de consumo para llegar a un acuerdo. Estos procesos son voluntarios y puede que el dueño del establecimiento no quiera someterse a ellos. Este organismo también puede iniciar una inspección que termine con una sanción al dueño del local.

Otras opciones son la vía Penal (aunque esta se suele reservar para los casos más graves) y la vía Civil, presentando una demanda por daños y perjuicios.

¿Y qué tiene que ver el seguro con todo esto?

Pues si cuentas con un seguro de Protección jurídica familiar, te ahorras tener que realizar todos esos trámites por ti mismo. Este tipo de seguros se ocupa de velar por la seguridad legal de la familia. Y esto se aplica a todos aquellos aspectos que precisan asesoramiento jurídico, no sólo intoxicaciones alimentarias: por ejemplo, por incumplimientos contractuales de algún proveedor (telefonía, luz, agua, gas…), por alguna queja en relación a un producto adquirido por Internet, o problemas derivados de obras o conflictos con la comunidad, por citar algunos. Es como tener un abogado en casa, con el ahorro en costes -y la tranquilidad- que ello supone. Como es habitual, recomendamos acudir a un especialista en seguros para obtener la orientación y asesoramiento necesarios.

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